Compartimos el discurso realizado por Facundo Ponce de León durante Iom Kipur en nuestro Templo Beth Israel.
Jueves 2 de octubre de 2025 – 5786
Comunidad Israelita Sefaradí del Uruguay,
Día del Perdón (Iom Kipur)
Templo Beth Israel
Muchas gracias por esta invitación. Primero recibí un mensaje de Gabriel Korytnicki, luego la carta del Presidente Ricardo Dalva y del secretario Rafael Abzaradel. Por último, un encuentro personal con ellos en Maimónides, junto al Rabino Yehuda, Yaco Sabah (vicepresidente) y Estela Cohen (representante de los socios). Fue una instancia donde tomé el impulso para hablar hoy frente a ustedes. Quería hacerlo desde el principio, pero necesitaba animarme y ellos me dieron ese ánimo.
Y además extendieron la invitación a mi familia para que también ellos vivan conmigo y con ustedes esta celebración.
Hace 3 días, cuando ordenaba las ideas volví a dudar. ¿Cómo decir algo valioso a la familia Sefaradí en una fecha tan profunda? Le pedí al Rabino para hablar y nuevamente sentí el apoyo y la confianza.
Así que aquí estoy, compartiendo con ustedes estas reflexiones en la fase final de Yom Kipur en en el año 5786.
Quisiera hablar del tiempo, los rituales, la ingenuidad, el perdón y al amor. Reflexionar sobre estos cinco conceptos para que cada persona pueda ir hilvanándolos y conectándolos con su realidad y con la esperanza de un Nuevo año de Paz y redención con el prójimo y con Dios.
Medir el tiempo
Decía recién que celebraba con ustedes el año 5786, aunque cuando agendé esta instancia escribí jueves 2 de octubre de 2025. Parece una obviedad que uno es el calendario judío y otro el gregoriao, pero detrás de ella hay una pregunta crucial. ¿Cómo medimos el tiempo? ¿Desde cuándo empezar a contar? ¿Y cómo contamos?
Por ejemplo, en Francia, durante 1789, los revolucionarios decidieron una noche romper todos los relojes públicos de París: según ellos no había revolución verdadera sino se lograba empezar a contar el tiempo de vuelta. Si bien no lo lograron, la imagen es de una poesía infinita: romper todos los relojes y empezar de cero. No se rindieron y en 1792 instauraron un nuevo calendario: tenía 12 meses de 30 días cada uno, desaparecían las semanas, cada mes constaba de tres decenas. En 1806, Napoleón volvió sobre el calendario que seguimos hasta el día de hoy.
La humanidad ha establecido calendarios en función de tres fenómenos naturales: el movimiento de la Tierra sobre sí misma (que define los días); la traslación de la luna alrededor de la Tierra (que define los meses); y la Tierra girando alrededor del sol que define los años. Llevar estos movimientos cósmicos a los números humanos ha sido siempre problemático porque no son redondos. Es por ello que tenemos años bisiestos y cada civilización ha ensayado diferentes maneras de atrapar el tiempo en los calendarios: 10 meses en vez de 12, cinco días en vez de siete, variaciones cada dos o tres años para acomodarse a la fase lunar o solar. En términos históricos, empezamos por la luna.
Cito: “La luna es una amiga para el hombre arcaico: lo alumbra en la hora en que redoblan para él los peligros de los animales feroces, le permite las migraciones sin fatiga en los climas cálidos, es muy misteriosa en su forma, en sus fases. Tres noches seguidas desaparece; se la busca en vano: ¡está muerta! Luego, un atardecer, renace: es el incipiente cuarto creciente que reaparece en el cielo tras su conjunción con el sol poniente. Crece, y siete días después forma un semicírculo. Siete días más, y llena, aparece maravillosamente hermosa. Mengua hasta formar un semicírculo opuesto al anterior, luego una finísima raya e inmediatamente imperceptible. ¿Cómo extrañarse de que el ciclo lunar haya sorprendido profundamente a la imaginación humana y que haya parecido algo eminentemente sagrado?”
Los hebreos construyen su calendario sobre esta base lunar y a su vez crearon la semana como modo de fraccionar los meses; los antiguos romanos construyeron su calendario heredando la semana de los hebreos pero incorporándolo a la notación de los babilonios, que era sobre la base del sol y no de la luna.
En ambos casos existe la dificultad de que los números no son redondos y hay que ajustar el tiempo cósmico a nuestras unidades de medida. Es importante mantener diferenciados estos fenómenos del tiempo cósmico por un lado, y de nuestros intentos de medirlo por el otro. Dicho de otra manera: nada hay en el tiempo que lo vuelva jueves, u octubre, 2025 o 5786. Estas son maneras humanas de ordenarlo y gestionarlo, pero el tiempo es otra cosa, es un fluir diferente.
Los antiguos griegos nos regalaron 3 conceptos para vincularnos con el tiempo: Cronos, el tiempo del reloj, el tiempo lineal, secuencial y medible que se refiere a la monotonía del tic-tac, la vida cronológica. Es el tiempo que se consume, cuantitativo y limitado.
Por otro lado Kairós: el tiempo de la oportunidad, el momento adecuado, acertado, cualitativo y de gran significado. Es el instante en que se revela la mejor ocasión para actuar o hacer algo.
Y por último Aión: el tiempo eterno, circular, la esencia que se perpetúa a través del tiempo, en un presente permanente, catártico.
Convivir con estos tres modos de entender el tiempo ha sido siempre difícil.
Piensen por ejemplo en lo que nos convoca esta tarde: el día del perdón, donde el Supremo nos redime por no haber sabido esperar.
Mientras Moisés está recibiendo las tablas de la ley, el pueblo judío no soportó el cronos. Pesó el paso del tiempo y el becerro de oro fue lo que supusieron era el Kairós, el significado. Error, no supimos interpretar el tiempo de espera, no supimos el Aión, la eternidad que se haría presente en las tablas que bajaría Moisés.
El filósofo Martin Buber, interpretando el pasaje del Éxodo donde se narra esta situación, nos acota: “decir que Moisés debe haberse desilusionado sería un simple eufemismo. Sería más preciso decir que al igual que las tablas, quien estaba quebrado era el propio Moisés”. Su quiebre representa la fragilidad de ese lider que queda también él despedazado. La escena representa la metáfora de un tránsito en la que nos sentimos interpelados por el miedo, la decepció, las esperanzas insatisfechas. Quedamos desgarrados al igual que esas tablas quedaron despedazadas.
¿Cuántas veces nos pasa esto en la vida? Nos confundimos con el tiempo: nos gana la ansiedad, el aceleramiento, la polarización, la efectividad. Construimos becerros de oro que no solucionan nada sino que aumentan la confusión y nos alejan del tiempo significativo, que es el tiempo trascendente, el tiempo amoroso que nos vincula con el prójimo y con lo superior.
Hoy celebramos que, a partir de ese quiebre y de esas tablas rotas, desde el Cielo nos llega una nueva oportunidad de darle sentido al tiempo y recomenzar.
Habitar el tiempo: los rituales.
La segunda idea sobre la que quería reflexionar con ustedes es sobre los rituales, justamente porque ellos son el intento humano de encontrar sentido en el tiempo. Rosh Hashanah, Año nuevo, Yom Kipur, Navidad, Pésaj, Ramadán, maneras de poder reencuadrar el sentido de la vida.
Fechas en la que decimos cosas importantes a las personas que nos importan, ordenamos los papeles, planificamos y auguramos una buena y dulce vida. Si no hubiera esas instancias, difícilmente generaríamos los balances vitales que nos ayudan a ponderar las cosas.
Es cierto que es difícil; es cierto que para muchos son días de profunda tristeza porque el balance es negativo; es cierto que muchos añoran una felicidad que parece perdida; un familiar que debería estar, pero partió; una paz que siempre se nos escapa. Justamente es por todas estas dificultades que se vuelve esencial tener estos momentos de tiempo intensificado. Y la manera de vivir estas instancias es a través de los rituales.
Es más los rituales son el modo de habitar el tiempo con sentido. El filósofo contemporáneo Byung Chul Han hace un paralelismo que nos ayuda a entender este idea: así como construimos hogares para habitar el espacio, construimos rituales para habitar el tiempo
Los rituales son acciones simbólicas que generan significado a través de la repetición. Cuando uno está en un rito, Yom Kipur por ejemplo, siente que está haciendo algo que se hace hace mucho, mucho, mucho tiempo. Y esa densidad temporal es la clave porque nos da anclaje en el tiempo, lo llena de intensidad y significado. Nos da permanencia.
Aquí hay algo muy importante: la conexión del ritual es su repetición, que dura a través de las generaciones, que nos da red de contención y apertura a lo sagrado. El problema que denuncia el filósofo es que hoy estamos ante el auge de lo novedoso, todo tiene que ser innovador, disruptivo y eso atenta contra la serena monotonía de los rituales.
Otra vez, necesitamos rituales porque así podemos habitar el tiempo, así Aión y Kairós se introducen en el implacable cronos. Para habitar el mundo construimos hogares, para habitar el tiempo desarrollamos rituales.
En el mundo de hoy se vuelve particularmente significativo otro aspecto clave de los rituales, y es que son ajenos a la comunicación individual. Hoy parece imperioso que todo tenemos algo que decir, algo que expresar. Los ritos no necesitan esa comunicación porque todo se entiende sin necesidad de expresividad, todo se comprende sin que alguien tenga que estar dando las explicaciones, simplemente participando, siendo parte de algo colectivo, que te excede y que dura en el tiempo.
Hoy corremos el riesgo de un vacío simbólico porque nos obsesiona la comunicación personal. Parece que todos estamos haciendo algo muy personal, muy «yo», y al final todos estamos haciendo lo mismo. Todos estamos poniendo like, todos estamos reaccionando emocionalmente, todos estamos haciendo el mismo posteo, todos nos estamos enojando en las redes con todo. Eso es comunicación vacía que no dura, es un tiempo que deja de significar, que deja de tener hondura. Hoy nos falta la duración del tiempo del ritual.
Han el filosofo es muy crítico con el tiempo actual, que lo llama la “era del ego”. Un tiempo de consumo narcisista barnizado por una emoción que nos desgasta porque no tiene marco simbólico. Remarca esta idea de la pura emotividad donde hay que decir «estoy triste», «estoy enojado», «estoy feliz», «viva la vida», «odio la vida». Eso es muy peligroso porque hace sentir que la emoción tiene un valor, cuando la emoción es efímera por definición —son efímeras. Lo que tenemos que hacer es anclar las emociones en gestos rituales que le den estabilidad, que vuelvan habitable el tiempo.
Los rituales abandonan el ego. Uno se olvida de sí y conecta con el supremo, con los demás, con la ceremonia que se repite a través de generaciones celebrando el tiempo. Es un tiempo celebrativo. Es fiesta porque resuena desde el fondo de los tiempos y se hace presente hoy en comunidad. Sana porque se expande más allá del yo.
Y si bien hoy celebramos el ritual religioso de un pueblo, tenemos que recordar que los rituales se introducen en nuestra vida más allá de las fechas especiales.
La cena familiar es un ritual de celebración. No es la comida en el sentido biológico sino el acto de tender la mesa, de encender las velas, de brindar, de servirnos unos a otros. Seamos conscientes de todos esos detalles: quién va a la cabecera, se brinda antes o después, se dice un rezo o no se dice nada, los más chicos comen en la mesa principal o en otra. Hay toda una serie de reglas que empiezan a hacer habitable el tiempo de la familia y habilitan el tiempo de la celebración.
Hay distintos tipos de Rituales, se suelen organizar en lo que son verticales, para conectar con Dios o con los dioses o con el cosmos o con la energía. Hay rituales más horizontales que conectan con el prójimo, con los demás, con los que están compartiendo. O pueden ser rituales diagonales que tienen que ver con nuestro vínculo con las cosas, con los objetos que necesitamos para conectar en el ritual. La ceremonia del té en Japón es un ejemplo de ritual diagonal.
Los rituales nos ayudan a tener un trato pulcro y un pudor con las cosas. Los objetos tienen que estar ordenados, tienen que cuidarse, lo mismo con las personas, los gestos se cuidan, se reza, se hace silencio, se conecta. Los gestos de educación y cortesía que parecen vacíos están más llenos de significado que los gestos meramente emotivos que parecen llenos y en realidad están vacíos.
En todos los rituales hay un factor común que es la resonancia de otro tiempo en el tiempo de hoy. Otra vez, duración, estabilidad, repetición significativa de tiempo condensado en el ritual. Por eso hay que entrenar la atención, la repetición, el recuerdo que resuena en la comunidad que se reúne para el ritual. Y esto tiene mucho que ver con el silencio: salirnos del auge de la comunicación actual que nos dice que «tenemos que estar diciendo algo todo el tiempo». Esto nos hace mal. Sólo en silencio aprendemos a escuchar, a percibir lo que resuena. Tenemos una boca, pero tenemos dos orejas: deberíamos escuchar más de lo que hablamos y los rituales nos invitan a eso.
Todos los rituales —más religiosos, menos religiosos, más arcaicos, más modernos—tienen momentos donde se está en silencio, donde algunos callan, otros hablan, todos se miran silenciosamente, habitan el tiempo, le dan intensidad y le dan significado. Nos reconcilian como humanidad.
Y así como hay silencio, hay siempre música. En algunos minutos escucharemos el shofar. La celebración del ritual contiene siempre la música que es la clave de la catarsis que nos sana. Y la música es siempre milenaria, siempre nos resuena porque viene desde otro tiempo.
Volver a ser ingenuos
Les decía también que quería compartir con ustedes algo sobre la ingenuidad, sobre la posibilidad de volver a ser ingenuos. Creo que Yom Kipur es tambiñen una invitación para ello.
Empecemos por la infancia: allí todo es ingenuidad, todo es nuevo y misterioso. Es una experiencia única mirar detenidamente los ojos de un infante e imaginar cómo verá dentro de sí todo lo que se le aparece. Ve el fuego con ojos ingenuos y a su vez, nosotros los adultos, le contamos que ese fuego está lleno de duendes que se llevan el humo por la chimenea. Doble misterio entonces, doble novedad: el mundo y las narraciones que le contamos sobre el mundo. Ojos infantiles inquietos que miran para todos lados y descubren ingenuamente que lo que nos rodea es asombroso.
La edad adulta es aquella en la que nos hemos desayunado y explicado casi todas las cosas que nos asombraban. Resolvemos una cantidad de incógnitas, desde la situación geopolítica del país o del mundo, pasando por entender la ley de gravedad o las distintas monedas que se usan según el país. Justamente por ello nos molestan las actitudes de aparente ingenuidad de los adultos, porque no toleramos que desconozcan algunos aspectos básicos del funcionamiento realidad, que se hagan los que no entienden.
Y justamente por ello también, es tan difícil mantener la llama de la ingenuidad cuando ya comprendimos ciertas reglas de la vida humana, cuando estamos repletos de experiencias que nos enseñan cómo son las cosas. El humo del fuego es producto de la combustión, no de los duendes.
Pero la pregunta nos acecha siempre, una vez más: ¿pero cómo son las cosas? ¿Qué tantas experiencias tenemos y para qué? ¿cuánto comprendemos cuando decimos que ya comprendimos todo?
El error fatal, más que fingir ingenuidad, es creerse que se ha superado completamente, estar convencido de haber respondido todas las preguntas, de saber cómo es la realidad y cómo son los otros. De pensar de que, para usar la expresión coloquial, “ya le sacamos la ficha” a los demás.
De ese modo, al momento de encontramos, pensamos que ya sabemos quién es el otro: si es de tal o cual ideología, de tal o cual familia, amigo de fulano o enemigo de mengano. Como partimos de esa idea, todo encuentro queda viciado desde el principio. Los amigos harán favores y los enemigos tenderán trampas. Y si no pasa así, es porque hubo una excepción que confirmó la regla. No se puede ser ingenuo en este mundo. Y sin embargo sí, no sólo se puede, sino que es imperioso serlo.
La vida requiere una dosis de ingenuidad para que sea fértil, necesita que estemos abiertos, dispuestos a que quien está enfrente nos sorprenda, nos diga algo nuevo, interesante, desprovisto de intereses mezquinos. En pocas palabras: que el otro no sea como lo esperábamos. Sin esa ingenuidad nuestros vínculos pierden vigor y sobre todo perdemos una capacidad humana fundamental, que es el perdón, tanto darlo como recibirlo.
Perdón
Pedimos perdón y nos perdonamos cuando nos permitimos ser ingenuos, no porque revivamos el niño inocente que llevamos dentro, no. Se trata de abrirnos genuinamente a la posibilidad de reconciliarnos. Hay una posibilidad de volvernos a asombrar, de volver a conectar, de empezar de vuelta con fuerzas renovadas, que portan consigo una sana ingenuidad.
Una amiga que está hoy aquí me decía “necesitamos más tibios en este mundo polarizados” y esa tibieza tiene que ver con la posibilidad de volver a mirarnos unos a otros con ojos ingenuos.
He dedicado una parte de mi vida a estudiar la filosofía de Hannah Arendt. En uno de sus libros más famosos, La condición humana Arendt hace referencia a dos actividades humanas claves que nos ayudan a reconciliarnos con el tiempo: el perdón y la promesa. A través del perdón intentamos deshacer una acción pasada, por medio de la promesa tratamos de asir el impredecible futuro y ubicarnos en él.
A diferencia de la venganza, que queda siempre circunscrita a un acto, el perdonar y el prometer reaccionan contra una acción hecha sin clausurarla, continuando a desplegarla, a descubrirle posibles comienzos.
Cito: “Si bien los hombres han podido destruir cualquier producto salido de las manos humanas e incluso hoy día tienen capacidad para la potencial destrucción de lo que no han hecho –la Tierra y la naturaleza – nunca han sido capaces ni lo serán de deshacer o controlar con seguridad cualquiera de los procesos que comenzaron a través de la acción y la palabra (…) La única posible redención es la facultad de perdonar. Y el remedio de la imposibilidad de predecir, de la caótica inseguridad del futuro, se halla en la facultad de hacer y mantener las promesas. 1
El perdón es un acto íntimo y público a la vez. Sin ser perdonados, liberados de las consecuencias de lo que hemos hecho, nuestra capacidad para actuar quedaría, por decirlo así, confinada en un solo acto del que nunca podríamos recobrarnos (…) Sin estar obligados a cumplir las promesas, no podríamos mantener nuestras identidades, estaríamos condenados a vagar desesperados, sin dirección fija, en la oscuridad de nuestro solitario corazón, atrapados en sus contradicciones y equívocos, oscuridad que sólo desaparece con la luz de la esfera pública mediante la presencia de los demás, quienes confirman la identidad entre el que promete y el que cumple. Por lo tanto ambas facultades, perdón y promesa, dependen de la pluralidad, de la presencia y actuación de unos con otros…2
Todos hemos dicho algo hiriente alguna vez, todos hemos recibido palabras que nos quiebran. Y todos tenemos la posibilidad de perdonar. Hoy justamente asistimos a un ritual que celebra esa posibilidad y que nos promete hacia delante la esperanza de convivir a partir de ahí, de recuperar la alianza, que es en definitiva, siempre una alianza de amor.
Amor
“Amarás a tu prójimo como a ti mismo”, Levítico 19:18. Para muchos, esta frase contiene el núcleo moral del judaísmo. El prójimo es todo otro, judío o no, hombre o mujer, anciano, adulto o infante, de tu familia o de cualquier otra. Hillel lo dice así: “Lo que es odioso para ti, no se lo hagas a tu prójimo. Esa es toda la Torá; el resto es comentario. Ahora ve y estúdialo.”
¿Por qué esta frase es tan poderosa? Hillel no habla de amor como emoción idealizada, sino como una conducta activa. Amar al prójimo, es no hacerle daño, no reproducir aquello que uno mismo no toleraría. Es una ética del límite. Es una invitación a practicar justicia y compasión en todos nuestros vínculos. No hablamos de amor como sentimiento sino como un hábito de acciones: no humillar al otro, proteger al débil, hablar con honestidad, practicar justicia social. El ayuno es también un acto de amor. No solo es una disciplina espiritual, sino una manera de vaciarnos del ego para dejar espacio a la compasión. Al abstenernos, recordamos que no todo en la vida se centra en nosotros, y que lo verdaderamente esencial son los vínculos que tejemos, con los demás, y con Dios. Y esos vínculos se sostienen a través de los rituales que practicamos generación tras generación.
Querida familia Sefaradí: en este día sagrado de Yom Kippur, día de ayuno, de introspección y de plegaria, ustedes nos invitan a abrir el corazón, pedir perdón, buscar reconciliación y renovar nuestro pacto de amor: el amor hacia lo Supremo, hacia el prójimo y hacia nosotros mismos.
No podemos hablar de perdón sin amor, ni de amor sin perdón. Antes de elevar nuestras plegarias, debemos mirar al prójimo y reconocer dónde hemos fallado.
Quisiera terminar compartiendo una historia que encontré de la tradición judía, que quizás conozcan. Se cuenta que, hace mucho tiempo, en vísperas de Yom Kippur, un sabio recorría el mercado buscando a las personas con quienes había discutido durante el año. Uno de sus alumnos, sorprendido, le preguntó:
—Rabí, ¿no deberíamos estar en la sinagoga, preparándonos para el Kol Nidré?
El maestro le respondió:
—No puedo presentarme ante Dios si antes no me presento ante mis hermanos. El Eterno puede perdonarme mis pecados hacia Él, pero solo el prójimo puede perdonarme mis faltas hacia él. Si entro a la sinagoga sin reconciliarme con ellos, mis palabras se quedarían vacías.
Esta historia subraya que el amor es la capacidad de pedir perdón y de perdonar. Amar es tender la mano al otro, incluso cuando cuesta. Amar es reconocer la chispa divina en cada persona, aunque piense distinto de nosotros.
Todos fallamos, todos nos equivocamos. Y aun así, desde lo alto se nos ofrece una y otra vez la oportunidad de comenzar de nuevo. Ese es el amor más grande: un amor que corrige y que nunca nos abandona.
Que este Yom Kippur sea un día de amor verdadero. Que nos impulse a sanar relaciones, a escuchar con más paciencia, a vivir con más ingenuidad y habitar el tiempo con sentido.
Y que al concluir esta jornada sagrada, salgamos de la sinagoga con un corazón renovado, con la certeza de que amor y perdón son las llaves que abren las puertas del Libro de la Vida. Gmar Jatimá Tová y Shalom a cada uno de ustedes. Muchas gracias.



